Izquierda: dignidad o cambalache

La decisión no es fácil. Con frecuencia la dignidad actúa a modo de excusa y el cambalache de sumar deriva en aparente generosidad. Pero las izquierdas se encuentran en la encrucijada, justo cuando un programa de cambio podría derrotar en las urnas al ideario conservador

iuhundidaRecientemente, un artículo de Manel García Biel alertaba sobre la necesidad de trascender al hecho electoral y blindar formaciones políticas y proyectos culturales e ideológicos sin los cuales no sería posible entender la historia de Catalunya e imaginar un futuro de cambio y transformación social. Se refería, se refiere a ICV y PSUC (sin apellidos). Las izquierdas se debaten entre la dignidad y el cambalache, en un contexto de probada complicidad ciudadana con la llamada nueva política, y de programada desmemoria hacia la lucha de un país por la libertad y la democracia.

El 15M llenó de gentes diversas calles y plazas de las ciudades españolas. Gritaron a las fuerzas políticas parlamentarias que no les representaban y levantaron banderas y programas de cambio para ensayar una revolución de urgencia. Muchas voces y opiniones mediáticas valoraron lo ocurrido y lo calificaron de “repolitización de amplios colectivos sociales, fundamentalmente jóvenes”, y de estruendoso toque de atención a lo que llamaron ‘política institucional y/o bipartidismo’. La historia se empezó a contar a partir de entonces y varios grupos y colectivos empezaron a construir una crónica de la nueva política, a medio camino entre la asamblea de acampada y la transversalidad de la política anticasta. No faltaron quienes, autoinvitados a todas las fiestas, quisieron integrar con aparente normalidad aquella masiva indignación en la doctrina de repúblicas, poder popular y economía de diseño.

De aquella indignación de alianzas y confluencias contra la política hasta entonces conocida, que siempre pasó de puntillas por el conflicto económico y social -solo reclamado para arremeter contra el movimiento sindical- nació Podemos y hete aquí, que un par de años después nos queda un partido, cada vez más partido y menos movimiento, centrado y centralista, que recela de modelos de organización política y electoral abiertos a la convergencia con otros, y que con sostenida celeridad ha llegado a la conclusión de que ellos deben ser exactamente lo mismo que negaron ser, un poco más atrevidos en lo intrascendente, y más moderados en lo realmente decisivo. Un partido electoral dirigido por un núcleo de dirección muy cerrado.

IU cambia de bando
A cinco mil militantes de IUCM la dirección federal los echó de la organización por negarse a subastar el futuro de IU en un mercado de objetos no identificados. No fue fácil la decisión de IUCM, que además de tener que pelear en un ambiente mediática y políticamente hostil, tuvo que lidiar con una campaña infame de la mayoría de los dirigentes federales -con Garzón al frente-, que por primera vez en la historia de un partido pidieron el voto para una formación política distinta a la suya. Paradojas de la vida, los partidarios de la “unidad popular sin fronteras”, que no dudaron en depurar la organización como nunca antes se había visto en IU, encabezan ahora una cruzada de campaña –lo primero es IU- con la misma credibilidad que un liberal hablando del estado del bienestar. No en vano buena parte del equipo de Garzón se bate en retirada y lamenta su desengaño ante las promesas incumplidas. Alguno de ellos ha abandonado ya Izquierda Unida.

En realidad asistimos a una deriva indeseable. IU debió defender con lucidez y firmeza su territorio, un territorio que nunca fue ajeno a la convergencia social y política, y que seguramente exigió anteponer el consenso político y programático al trueque de la banalidad y de los cargos. Desde las elecciones europeas, el mismo núcleo de dirección federal que hoy luce músculo identitario, improvisó un viaje a lo desconocido en el que solo quedaba clara una conclusión: el futuro de IU es el de Podemos. “Unos ponen el aire fresco y las ideas, otros la organización y la militancia”, decían sesudos intelectuales de la nada. Y así nos va. La unidad popular, antes Ganemos, después Somos, más tarde Ahora en Común, y en la actualidad Izquierda Unida con apellido incorporado, se presenta a las elecciones con rostro conocido y política impostada. Alguien hace de la necesidad virtud, y habla de dignidad frente a cambalache. Se equivoca y lo sabe. La actual dirección federal de IU no está en condiciones de liderar ahora el mismo proyecto que aborreció hace un mes. El único gesto de dignidad creíble de los dirigentes comunes o populares de IU hubiera sido reconocer públicamente su disparatada aventura y propiciar en tiempo electoral un encuentro urgente de todas/os en el interior de IU para una candidatura fuerte de convergencia social y política, con destacado protagonismo de IU. Pero han optado por el viejo tic del sectarismo: tenían razón cuando echaron a los que defendieron IU frente a la humillación y la subasta, y tienen razón ahora cuando hacen lo contrario. De una orilla a la otra sin inmutarse. Aunque yo confío en Quevedo cuando advierte que “la soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”.

Por eso, las izquierdas andan desconcertadas justo cuando las derechas recuperan aliento, en buena parte como consecuencia de la trayectoria errática de aquellas. Y lo peor de todo esto es que el candidato a la presidencia del Gobierno de IU ha creído que la mejor manera de corregir errores es acudir al radicalismo populista del programa electoral. A los que hasta hace unas horas eran, según sus palabras, la esperanza de los de abajo (Podemos), los acusa de entregarse a la moderación y el centro, de dar la espalda a la revolución y de traicionar la unidad popular. Sugiere iniciativas de diseño para la economía, la educación o el empleo, y vuelve confundir el programa electoral con los principios ideológicos de IU. Cuenta con una ventaja. Cierto aparato mediático le sigue prestando su apoyo y a menudo se dirige a la ciudadanía por televisión, lo que le convierte en una compañía familiar en muchos hogares españoles, y eso es un buen aliciente para el voto.

La izquierda es o debe ser otra cosa. El debate que nos espera antes, durante y tras las elecciones no puede responder a estos arrebatos de gestos y ocurrencias. Necesitamos renovar las formaciones de la izquierda, renovar las estrategias del cambio, renovar el discurso político y la organización; pero para eso no es necesario volver al rancio estalinismo vestido de unidad popular, ni sumarse porque sí a la hoguera de las vanidades de la nueva política. He visto a históricos/as dirigentes de la izquierda marcharse sin hacer ruido (y sin el más que merecido reconocimiento institucional) y a jóvenes de la nueva política (o no tan jóvenes) instalarse en la vida institucional con desbordante entusiasmo. Conviene en consecuencia, anteponer ideas a cambalaches y trascender a los juegos malabares de unidades populares más aparentes que reales.

Luis María González

Por una nueva mayoría.

BSPCreo que existe un gran vacío en la izquierda no socialdemócrata que no va a ser ocupado ni de lejos por los tacticismos oportunistas, sobretodo si, echando la vista hacia atrás vemos que los partidos, candidaturas de una supuesta “unidad popular”, confluencias… se han ido constituyendo en muchos casos con lo peor de cada casa, llegando a ser lanzaderas de trepas y cambia-partidos compulsivos.

Los sujetos del cambio no son chiringuitos montados a base de personas que a lo largo de su vida han pasado por distintos partidos, incluso manteniendo posiciones ideológicas contrapuestas, oportunistas, el sujeto del cambio sigue siendo la clase trabajadora.

El axioma que en los años 20 del siglo XX dió lugar a la gran escisión en el movimiento obrero y en la izquierda a nivel mundial sigue siendo válido, Guerra o Paz, sobretodo viendo lo que Europa está haciendo y con ella sus gobernantes, y algunos que desde esas confluencias ciudadanistas jalearon y animaron a las intervenciones militares de la OTAN. Sí, sigue siendo válido, los que nos reclamamos de la izquierda alternativa seguimos apostando por la Paz y el acuerdo sobre bases comunes como elemento disuasorio de los conflictos entre los pueblos.

Los parámetros sobre los que se está moviendo la “nueva política”, algo que desde la izquierda siempre llamamos la “gauche divine”, es que para ellos el sujeto del cambio es la ciudadanía, y aquí meten las contraposiciones ciudadanismo-clase trabajadora, ni izquierda ni derecha, arriba-abajo…, este concepto, de por sí nada nuevo, data del revolucionarismo francés ilustrado del siglo XVIII, y para ello no dudan en menospreciar a los instrumentos de los que se ha dotado tradicionalmente la clase trabajadora, llegando incluso a decir algunos ilustres de sus representantes que este tipo de organizaciones no son necesarias.

Para ellos es fundamental la ruptura con lo que han dado en llamar el Régimen del ’78, pero si se ahonda en sus propuestas, pocas por cierto,  esta ruptura es meramente de fachada, sólo institucional, un quítate tú que me ponga yo, no proponen nada distinto más que recuperar el supuesto estado de bienestar de mediados de los ’80 a los ’90, para estas confluencias ciudadanistas todos y todas somos ciudadanos y ciudadanas, tanto Patricia Botín como el último parado registrado, es el interclasismo en su estado más puro, dicen luchar, van en metro y en bici, pero no se cuestionan el sistema que ha generado desigualdades que oprime y extorsiona, el sistema capitalista.

Están demostrando que son la punta de lanza del llamamiento Nicolás Sarkozy a la refundación del capitalismo. ¿Quién nos iba a decir que esa refundación vendría de quien hasta ayer eran nuestros compañeros de viaje?, y lo que es peor, que desde nuestras filas se les diera alas y aliento, hasta convertirlo en el punto estratégico fundamental, no dudando para ello en expulsar, desvincular, abandonar.

Deberíamos empezar a creernos que un periodo ha terminado, seguro que antes de tiempo, que unas siglas que ayudamos a fundar en 1986 ya no son garantía de nada y menos sus actuales dirigentes transmutados en una auténtica nomenclatura de “listos” dirigiendo a “tontos”.

Es el momento de empezar a forjar un nuevo proyecto estratégico, amplio y de izquierdas, sin ningún tipo de prisa electoral, un proyecto exento del tacticismo como herramienta fundamental del posicionamiento político, cuyo eje fundamental de desarrollo siga siendo la relación capital-trabajo, con un programa de mínimos y con toma de postura ante puntos esenciales.

Un proyecto que no invite a nadie a dejar nada por el camino, un lugar de encuentro de distintas formaciones políticas, sociales y de personas a nivel individual y donde nadie se sienta excluido por pertenecer a tal o cual partido, asociación o movimiento, que sea fruto de la convergencia entre iguales, y que acoja en su seno a la inmensa mayoría de los sectores progresistas como entidad política autónoma, distinta y diferenciada.

Proyecto para la actividad política permanente, como coalición y como movimiento sobre las bases del respeto de la diversidad ideológica que lo conforma, funcionamiento democrático y unidad de acción. Que no sea ni fusión ni partido instrumental, que sea un acuerdo político donde cada uno de sus participantes mantengan su identidad, abierto a la incorporación de organizaciones y personas a nivel individual, con posiciones de izquierdas, progresistas y avanzadas democráticamente.

No ceo que sea difícil, pero tampoco nada fácil, porque ese proyecto tiene que ser visto como el peligro más serio para las clases dominantes, esos son nuestros adversarios.

Por un Espacio de Encuentro Comunista.

Por su interés, publico aquí el encuentro que tendrá lugar el día 26 de septiembre, sábado, en Madrid, y me sumo a la divulgación de la convocatoria difundiendo el texto, como están haciendo en otros blogs.

Twitter: @Enc_comunista
Texto de la convocatoria:
Convocatoria por un espacio de encuentro comunista
La audiencia a la que va dirigida este texto no necesita que aportemos un repaso retrospectivo de los orígenes de la crisis económica. Tampoco buscan soluciones a ella en recetas keynesianas o en la vuelta a unos tiempos idílicos de capitalismo “amable”. Baste decir que escribimos para aquellos que saben que el problema es el capitalismo y que su solución exige su derribo y la construcción de una sociedad socialista.
Sin embargo, si el contexto económico no requiere de aclaraciones especiales, sí vemos necesario precisar la visión del contexto político que nos lleva a ponernos manos a la obra.
El estallido de la última crisis ha derrumbado en Europa los últimos restos del espejismo de Estado del Bienestar que inició su desmonte en los años 70. En los países del sur hemos vivido el problema con mayor intensidad al no partir de los mismos niveles de desarrollo que los del norte. La pérdida de la ilusión de ser (o llegar a ser) clase media y de que los hijos vivirán mejor que los padres desubica, a la vez que “indigna”, a amplias capas de la sociedad que no encuentran un sentido político en el que encajar su futuro.
El riesgo de que la mayoría de esos sectores tomase conciencia de su ubicación real en la estructura social y se reconociera a sí misma como clase trabajadora fue rápidamente atajado por el sistema. En algunos países ha bastado con la irrupción de la “tecnocracia”. En otros países con una tradición más combativa y con resistencias recientes más firmes eso no era suficiente: ocuparon el espacio con actores nuevos que arrastraron a los desubicados a un redil controlable. Tanto en Grecia como en España se puso en marcha el mismo mecanismo: la creación de formaciones populistas y ciudadanistas, que renuncian a la ideología, que niegan la clase, que afirman que el capitalismo puede funcionar si se le hacen unos ajustes, que hacen de la “democracia” una solución fetiche en sí misma.
Es hora de desenmascarar el mito de una clase media no patrimonial, ni propietaria de empresas o negocios, y que cree no ser trabajadora sólo porque unos sueldos más elevados que la media les permitieron acceder durante los años de crecimiento económico a unos niveles de consumo superiores al resto de asalariados. Esa falacia se cae cuando la crisis capitalista les ha resituado en un descenso de niveles de vida, han perdido sus puestos de trabajo o se han enfrentado a la abolición de muchos de sus derechos laborales. Pero es necesario dar, más allá de la testarudez de los hechos, la batalla ideológica por explicar cuál es la auténtica naturaleza de la relación capital-trabajo.
La lucha frente a esta maniobra no ha sido firme sino muy débil en lo ideológico y reformista en lo político. Las organizaciones de la izquierda institucional se han limitado durante décadas a denunciar las políticas del gobierno de turno, proponiéndose como alternativas gestoras de unas tímidas reformas que aliviasen las condiciones de sobre-explotación y prometiendo una salida progresista de la crisis. Nada que rompiese con los límites de la legalidad del sistema político y económico. Tampoco las diversas organizaciones comunistas revolucionarias, algunas de largo recorrido, han logrado  conformarse en espacios de aglutinación de nuestra clase y de respuesta al capital. Cuentan con unos militantes imprescindibles, pero no consiguen la capacidad de crecimiento y acumulación de fuerzas que el momento demanda.
En esta situación, cuando los marxistas deberíamos haber conquistado una posición clave en las aspiraciones y la confianza de los desposeídos, nuestra situación es muy débil: no tenemos respuesta coordinada, no tenemos voz para llevarla a la calle y ni siquiera tenemos unidad de acción para superar esta situación. En unos pocos años, paradójicamente cuando más necesario es, el marxismo puede quedar fuera de la experiencia vital de las nuevas generaciones de jóvenes.
Estamos convencidos de que en estos momentos hay gran cantidad de personas de  identidad comunista que han abandonado las organizaciones en las que ya no creen sin por ello renunciar a sus convicciones. Marxistas que se niegan a continuar tapándose la nariz para participar en proyectos que ven vacíos de antemano. Ex-militantes con la suficiente formación y sentido crítico como para sentirse incómodos en asambleas en las que todo se está constantemente comenzando de cero y en las que se huye de la más mínima organización que multiplique las fuerzas y dote de estrategia a la lucha.
Creemos que juntos somos mucho más de lo que imaginamos. Por eso nos animamos a escribir este llamamiento. Partimos de la confianza en el compromiso de quienes nos negamos a aceptar como horizonte la falsedad de un “capitalismo de rostro humano”, desmentido por la cotidiana realidad en cada minuto de nuestras vidas, y que aspiramos a una sociedad emancipada de la opresión de clase. Confiamos también en su sentido de la responsabilidad para continuar el combate. Nuestra unidad es necesaria para movilizar a los trabajadores en la búsqueda de la alternativa al capitalismo.
Llamamos a todas aquellas personas, colectivos y organizaciones que saben que la salida de esta situación no está en limar las aristas del capital, sino en acabar con él; es decir, en la lucha por una sociedad sin explotadores ni explotados, en la lucha por una sociedad socialista. Planteamos la necesidad de una herramienta colectiva que nos permita la unidad de acción y un debate sobre las bases del marxismo, entendido éste en un sentido amplio que incorpore las aportaciones del leninismo y de otras corrientes que han enriquecido la teoría de la praxis.
No pretendemos hacer discursos grandilocuentes, estamos convencidos de la responsabilidad que afrontamos todos y todas. Proponemos ya un primer paso. Tenemos la necesidad de un espacio de encuentro común, en el que se puedan sentir cómodos todos los comunistas, tanto los que provienen de organizaciones como los que no. Será necesaria una buena dosis de generosidad, actitud y mente abiertas y voluntad unitaria para echar abajo los muros que aparentemente nos separan; unos obstáculos que muchas veces han sido erigidos por nosotros mismos. Debemos dejar respirar al marxismo como teoría viva y transformadora para que refuerce su condición de terreno fértil en el que se promueve el debate, la reflexión y la práctica, sin llaves secretas que dan la razón a unos elegidos. Un lugar donde analizar entre camaradas la nueva realidad, en el que la teoría dé respuesta a la lucha y sus formas y en el que construir la unidad de acción necesaria para alcanzar el éxito. Un espacio que, desde su nacimiento, se sepa parte de la lucha internacional contra el capital.
Ratificamos como una sola voz las últimas palabras de Rosa Luxemburgo:
 
“¡YO FUI, YO SOY, YO SERÉ!”
 
Convocatoria del encuentro:
 
SÁBADO, 26 DE SEPTIEMBRE, 11:30 A 14 HORAS.
 
C.A.U.M. C/ ATOCHA, 20 – 1º IZDA.
Puedes descargar el llamamiento aquí.

la izquierda y su deriva al lerrouxismo

lerrouxLa profunda transformación social que ha sufrido la población en nuestro país en los últimos 40 años, las políticas conservadoras y neoliberales auspiciadas por los equipos capitaneados por Reagan y Thatcher en la década de los ’80, la caída de un sistema mal llamado socialista que no era más que un capitalismo de estado, incluso la batalla de las palabras que las ha transformado hasta en su mismo concepto, hicieron junto con un gran cúmulo de errores que, por un lado lo que se vino llamando socialdemocracia haya derivado en un apéndice al que asirse en las épocas de bonanza de un sistema que no tiene la más mínima intención de socializarse, sino más bien profundizar en la acumulación de riqueza, no ya sólo de manera económica sino a través de transnacionales que no dudan en desestabilizar países, o simplemente creando nuevos mercados a través de la aparición de nuevos entes nacionales producto de la ruina de otros.

Por otro lado la izquierda no socialdemócrata, esa izquierda diversa y plural que en las últimas décadas nos tiene acostumbrados a reaccionar tarde y mal, y que aún no se ha repuesto de la caída de un bloque que pareciera ser una reserva espiritual. Esta izquierda ha reaccionado como gato panza arriba, o bien encerrándose en grupos dogmáticos y sectarios incluso dentro de organizaciones plurales y de carácter unitario, o bien huyendo hacia delante en una carrera desenfrenada por quemar etapas hacia no se sabe donde.

La derrota en todos los frentes es total, salvo honrosas excepciones, y donde se resiste o resistía a través de estructuras unitarias, se corre el peligro de dejar en manos de grupúsculos muy ideologizados y sectarios su control, dando al traste bien con luchas laborales puntuales pero con fuerte impacto social, bien con proyectos de transformación política de la sociedad.

En esas estábamos cuando esta última crisis (que vamos a seguir padeciendo) remueve los cimientos nacionales, sociales, políticos y hasta del mismo sistema económico que la engendró, y los que nunca habían padecido una crisis sistémica (haced memoria las crisis en el capitalismo son cíclicas. Cuántas habéis vivido ya) les toca de lleno, encontrándose en un absoluto desamparo desde un punto de vista político e incluso sindical, cuyas organizaciones no eran capaces desde hacía algún tiempo de dar respuesta a nuevas formas de hacer y que últimamente, con la que estaba cayendo, estaban más preocupadas en guardar cuotas de poder en vez de saber canalizar nuevos discursos y programas ante el creciente descontento social; no hablemos ya de propuestas estratégicas.

Y en este caos imperante, crisis, socialdemocracia, capitalismo, izquierda o izquierdas, neoliberalismo, nacionalismos… en el que no hay sensibilidad suficiente por sacar partido a propuestas transformadoras, de clase, que hundan sus raíces en la tradición del movimiento obrero en España, pero que lo saque del maremágnun y lo lance hacia el futuro; como decía en este caos, las mentes preclaras (viejas y nuevas) de la izquierda española lanzan a unas personas con fuerte personalidad, algunos son polemistas agresivos, que no han dudado en abrazar hasta el 2013 las banderas rojas y toda suerte de herramientas en sus insignias, pero a los que consideran una gran promesa al estilo “Sálvame”, hombres y mujeres de paja de los consorcios mediáticos que los fichan por grandes sumas de dinero, que nos dicen que todos, políticos, banqueros, sindicalistas, ricos, pobres, que no hay clases sociales, que están los de arriba y los de abajo, que no hay izquierdas ni derechas, que quieren que todo el mundo trabaje, que todo el mundo produzca, y a eso lo llaman ciudadanismo, un lenguaje semi-libertario, que con buena oratoria para eso se han preparado en las mejores universidades, han viajado y dado clases de retórica, van a adormecer y calmar la sed de cambio de la sociedad española.

Los programas ya sólo son un conjunto de sugerencias (ha dicho Manuela Carmena), antes decía una cosa, ahora digo otra, y en vísperas de elecciones ya veremos. Estamos ante el cambio sin cambiar nada.

Esto no es nada nuevo en nuestro panorama político, esto ya se practicó en los años de la Restauración, quizás porque muchos y muchas duermen todavía la modorra de cuarenta años de dictadura franquista no lo saben o no lo quieren saber, pero ya lo practicó Alejandro Lerroux, sólo hace falta acercarse a sus escritos o a artículos periodísticos de la época, para ver cuan parecido es el lenguaje, la falacia, la mentira y el engaño con los nuevos gallos de la política española de hoy, da igual que sean Toni Cantó, Albert Rivera, Pablo Iglesias, Tania Sánchez, Manuel Monereo o Alberto Garzón, todos están cortados por el mismo patrón radical de cambio sin cambiar nada, sólo es un quítate tú que me ponga yo, son el recambio de un mismo sistema político y económico que ve como se agota el filón de los políticos de la Transición y han encontrado una nueva veta, para seguir ejerciendo lo mismo, son los demagogos que están adormeciendo a la clase trabajadora. Para ello cuentan asimismo con elementos dogmáticos y extremistas para que el juego este completo como la dirección actual del PCE o del PCM que llenándose la boca de palabras tan importantes para la clase obrera como unidad popular, las matan en su contenido, enrocándose y desempolvando viejas actitudes y prácticas más propias del partido de los cien niños que de los líderes que pasean en sus escritos y manifestaciones como Dolores Ibárruri o Pepe Díaz.

Para otro día dejaré a los líderes que no han sabido dar un paso atrás, que se enfadaban en sus mítines echando broncas a los asistentes, o que enmierdaron los órganos de dirección dejándolos únicamente para “fontanear” ya que para ellos las organizaciones sólo debían ser una casta-caspa dirigente y la masa que pegaba carteles sin rechistar. ¿Verdad Julio?

Giro a la Izquierda por Paco Arnau

Mi compañero Vigne ha insertado esta entrada en su blog elblogdelviejotopo y no he podido más que estar de acuerdo con él, por ello inserto desde aquí, este breve pero esclarecedor post de Paco Arnau, @ciudadfutura, sobre la desideologización de la izquierda y el peligro real y en ciernes de caminar hacia el modelo italiano.

Sigue leyendo

¿Cambiar todo para seguir igual?

Oleagatopardodas de plataformas, mareas, candidaturas en común, candidaturas divergentes, partidos tradicionales, los de arriba, los de abajo, los que no son ni de izquierdas ni de derechas, que no falten los que dinamitan proyectos desde dentro, comúnmente denominados quintacolumnistas, los que acusan, los puros y los arribistas, los pijoprogres, los sujetos políticos del cambio para no cambiar nada, los que viajan en bicicleta o en metro como grandes propuestas revolucionarias, trepas, cambiapartidos, oportunistas, gallos de pelea, y mucho vanity fair. Todo les vale para no hacer una sola propuesta transformadora y superadora de la realidad, y cuando las hacen resulta que son propuestas de otros de allá por 2007.

Con toda esta fauna se están topando las izquierdas en el escenario ibérico, en definitiva con politiquillos de tres al cuarto que van a dejar el panorama político de la emancipación de la clase trabajadora tan arrasado que se tardarán lustros en volver a tener una mínima organización de clase, con discurso de clase y proyecto de clase.

Loados sean los dioses del Olimpo han llegado los ciudadanistas, los de “to er mundo e güeno”, parece ser que no sólo están reinventando la transición, están yendo más allá en una regresión histórica que puede acabar en la reinterpretación de la mismísima prehistoria y su “comunismo primitivo”. Se han dejado a un lado los clásicos del socialismo científico que son muy lentos y además dan dolor de cabeza, por una especie de reinvención de la ciudadanía como máxima expresión de su ideología, sin tener en cuenta que como van tan deprisa hay cosas que ya están inventadas. Ver “La invención de la ciudadanía, como elemento constitutivo de la política moderna durante la Revolución Francesa” de Irene Castells, « La ciudadanía revolucionaria », Erytheis, 1, mayo de 2005, http://idt.uab.es/erytheis/castells_es.htm

Pues mira tú por donde, que algunos y algunas, nos negamos a ello, y no vamos a participar de semejante engendro. Reconocemos que se han leído mal los cambios producidos en la sociedad española, que el tacticismo se ha superpuesto a la estrategia, que el discurso no es el mejor, que la retórica es anticuada, que el método es francamente mejorable y que las formas de organización son viejas, pero que el sujeto del cambio, el sujeto revolucionario sigue siendo exactamente el mismo, la emancipación de la clase obrera, entendiendo esta en el sentido más amplio. Sin esa clase no hay cambio, lo único que habrá serán retoques a un mismo sistema que unas veces será menos malo, otras malo, y otras tremendamente malo.

La diferencia entre un proyecto y otro, es que mientras uno creen que todavía se está en el Antiguo Régimen y hay que construir la etapa burguesa, otros creemos que se está en uno de los momentos en los que es más necesaria que nunca una alianza de las fuerzas de la transformación, para como mínimo enfrentar una nueva situación en la relación capital-trabajo.

No hay nada que inventar, o se está por la construcción de un frente amplio entre las fuerzas de la transformación, en la que ninguno de sus componentes tenga que renunciar a ninguna de sus señas de identidad, lo que se denominaría una construcción entre iguales, o se está por la construcción de un partido radical que no cuestione los fundamentos mismos del sistema, no ya políticos sino también económicos.

Es en esto último en lo que están unos con toda su diarrea verbal, mientras otros buscamos no un hoy, sino un mañana.

Nunca digas “ahora o nunca”. Daniel Kaplún

Excelente análisis de Daniel Kaplún en torno a las pasadas elecciones y el supuesto y anunciado fin del bipartidismo, así como alternativas para “definir que se está entendiendo por “unidad popular””

Transcurrido algo más de un mes desde su celebración, ya se han escrito (y se siguen escribiendo) ríos de tinta sobre los resultados de las pasadas elecciones municipales y autonómicas. No pretendo, por lo tanto, incorporar nuevos elementos al respecto, sino más bien sintetizar, de forma crítica y personal, las distintas aportaciones que se han ido volcando en los numerosos artículos publicados, y las iniciativas y reacciones políticas que se han ido generando a lo largo de estos días.


1.El bipartidismo está tocado, pero no hundido

En el acumulado nacional de las elecciones locales, el PP obtuvo un27,05%, y el PSOE un 25,02%, lo que viene a representar en conjunto un 52,07% de los votos válidos para el llamado “bipartidismo”.

A nivel autonómico, considerando el acumulado de las 13 comunidades en las que se celebraron estas elecciones, los resultados son aún menos rupturistas: el PP un 30,45%, el PSOE un 24,83%, lo que viene a sumar un 55,28% para el dúo de la alternancia tradicional.

A la vista de estos datos, no puede afirmarse que el bipartidismo esté acabado, y menos aún si lo comparamos con los votos obtenidos en las anteriores elecciones europeas: PP, 26,06%; PSOE, 23%; acumulado de ambos, 49,06%. Es decir que no sólo no ha seguido retrocediendo, sino que ha recuperado parte del terreno perdido desde 2011. Y, lo que es aún más grave, nos guste o no, el PP sigue siendo la fuerza más votada en el conjunto del territorio nacional, pese a los recortes, la corrupción, las privatizaciones, la precarización, el desempleo y todas las demás responsabilidades que se le puedan atribuir (con toda razón, pero con efecto electoral cuando menos insuficiente).

La mayor o menor habilidad de la izquierda para tejer alianzas (entre sí y con otras formaciones) en cada territorio concreto va consiguiendo que el PP pierda una parte importante de su poder territorial, pero de ningún modo por la fuerza de una única organización, por más ciclónica que ésta haya pretendido ser (o lo haya aparentado, al calor de los sondeos de intención de voto publicados).

2.Y Podemos no puede

Porque, entre tanto, los resultados obtenidos en las autonómicas por Podemos, el partido del “ahora o nunca”, tienden a sugerir que, en contra de lo que predica su slogan, “el momento NO es ahora”: un 14,16% en el acumulado de las 13 comunidades, es decir algo muy similar a lo que los sondeos pronosticaban para Izquierda Unida antes de la entrada en escena de la organización del círculo morado.

A nivel municipal, como es sabido, la comparación es prácticamente imposible, puesto que Podemos no se ha presentado con su propia marca, y sus organizaciones locales, cuando se han implicado, lo han hecho en candidaturas mixtas, de composición y forma jurídica extremadamente variadas, lo que imposibilita cualquier acumulación.

3.La “unidad popular”: ¿opción táctica o cuestión de principios?

El éxito innegable de algunas de esas “candidaturas ciudadanas” o de “unidad popular” (éxito relativo, por otra parte, puesto que ninguna de ellas ha llegado a alcanzar el 35% de los votos válidos) ha venido a dar nuevas alas al discurso, ya ampliamente manejado durante toda la campaña electoral (e incluso antes) por parte de algunos dirigentes políticos de ámbito nacional, sobre la perentoria necesidad de la “unidad popular”: ninguna organización podría por su sola fuerza hacer frente al bipartidismo con posibilidades reales de triunfo, es indispensable que todas ellas (o al menos las más poderosas y representativas) se unan para conformar un frente común, porque “la suma multiplica”.

Esta idea del efecto multiplicador de la convergencia está basada en los resultados (ciertamente muy importantes) obtenidos en 5 ciudades (Madrid, Barcelona, Zaragoza, Santiago de Compostela y A Coruña) en las que tales candidaturas unitarias han logrado gobernar, siempre gracias al apoyo de otras fuerzas (fundamentalmente el PSOE o sus respectivas filiales regionales).

Pero si comparamos los resultados conseguidos por las candidaturas unitarias a nivel local con los de Podemos e Izquierda Unida a nivel autonómico, allí donde es posible (es decir, en las 13 comunidades que se rigen por el artículo 143 de la Constitución y, por lo tanto, celebraron elecciones autonómicas el 24-M), comprobaremos que eso de que “la suma multiplica” no está tan claro, ni mucho menos. El cuadro siguiente presenta los resultados electorales de las 32 ciudades de más de 100.000 habitantes existentes en esas 13 Comunidades, comparando los votos obtenidos por las diversas candidaturas de la izquierda en las elecciones locales con los conseguidos por Podemos e Izquierda Unida en las autonómicas, y sus respectivos acumulados:

cuadro

NOTA: Por participación de IU en cada convergencia entendemos la integración de la FEDERACIÓN REGIONAL de IU en la misma, aprobada por su respectivo Consejo Político Regional

En el acumulado de las 32 ciudades,  lo que podríamos denominar la izquierda del PSOE ha conseguido en torno a 110.000 votos más en las elecciones locales, lo que viene a representar un incremento de un 9,5% sobre la suma de los resultados de ambas formaciones en las autonómicas. Pero este incremento tiene su origen casi exclusivamente en los votos obtenidos por Ahora Madrid: si excluimos a la capital del Estado, la diferencia cambia de signo, y se transforma en un retroceso de unos 83.000 votos. Y si vamos al detalle municipal, constatamos que sólo en 6 ciudades (Santander, Burgos, Valladolid, Alcalá de Henares, Getafe y Madrid) la “izquierda del PSOE” en su conjunto ha conseguido un mejor resultado en las elecciones locales que en las autonómicas, y (salvo en Madrid) con diferencias generalmente poco significativas.

La otra constatación que surge del cuadro es la gran diversidad de situaciones que se ha producido en estas 32 ciudades, puesto que sólo en 6 de ellas (Zaragoza, La Laguna, Burgos, Salamanca, Logroño y Alicante) puede hablarse de una convergencia plena (es decir, en la que al menos hayan participado abierta y oficialmente Podemos e Izquierda Unida), mientras que en las demás Podemos e IU han ido por separado, ya sea montando diferentes formas de “unidad popular” o presentándose en solitario. Incluso en 9 ciudades las divergencias internas en la militancia de Podemos ha llevado a la formación de dos “candidaturas de unidad popular” diferentes, impulsadas o respaldadas por distintas corrientes de este partido, lo que ha contribuido a una aún mayor confusión del electorado.

La segunda cuestión de carácter táctico que se plantea para justificar la necesidad de la conjunción de las fuerzas que se auto-posicionan (explícita o implícitamente) a la izquierda del PSOE deriva de la legislación electoral vigente que, como es sabido, tiende a perjudicar gravemente a las formaciones pequeñas frente a las mayores, sobre todo en las provincias menos pobladas. En esas provincias con pocos diputados, acumular votos puede facilitar el acceso a alguna representación que de ninguna manera podría alcanzarse por separado.

Este argumento es de pura lógica, aunque difícilmente demostrable en la práctica: sólo mediante sondeos específicos en cada circunscripción se podría estimar a priori en cuántas provincias se daría tal situación, y cuántos diputados más podrían conseguirse. No obstante, algo así se intentó (aunque tarde y mal) entre IU y el PSOE en las elecciones generales de 2.000, y los resultados son de sobra conocidos: mayoría absoluta del PP y pésima votación de ambos participantes en el acuerdo, por lo que los antecedentes no resultan precisamente muy alentadores.

Todo ello me lleva a pensar que la utilidad práctica de la tan manida “unidad popular”, “convergencia” o como se le quiera llamar es, cuando menos, dudosa.

Sin embargo, más allá de su éxito o fracaso electoral, la pertinencia de esa convergencia no me parece objeto de discusión. Y no me lo parece ahora ni me lo parecía antes: quiero decir que, a mi juicio, no se trata de una opción táctica dictada por la coyuntura electoral, sino de una cuestión de principios. La unidad de la izquierda ha sido y es algo que ha dado sentido a mi militancia desde siempre, como ya he explicado en mis dos artículos precedentes publicados en este mismo medio (vid: “El Frente Amplio uruguayo: ¿un ejemplo a imitar?” y “La necesaria convergencia de la izquierda: sus opciones y dificultades”. Y creo honestamente no haberme sentido nunca solo en esa aspiración vital: la propia creación, en 1986, de una coalición denominada “Izquierda Unida” tenía ese sentido, o al menos así creí entenderlo en ese momento, más allá de las divisiones, escisiones y otras desgracias internas que la han ido laminando en cada ocasión en la que parecía apuntar a cierta probabilidad, no ya de triunfo electoral, sino cuando menos de ejercer alguna influencia sobre el rumbo de la política en este país.

El origen (endógeno o exógeno, o en qué proporción uno u otro) de esas divisiones (casi siempre terminadas en escisiones) sería objeto de otra polémica en la que prefiero no entrar. Me limito a apuntar que, en sociología, tendemos a interpretar lo que aparenta ser una suma de casualidades como síntoma de una causalidad subyacente.

4.El problema no es el qué, sino el cómo

Pero cuando se alaba el éxito de esas candidaturas “unitarias” se las suele poner a todas en un mismo saco, haciendo caso omiso de las importantes diferencias que presentan entre sí, tanto en su forma jurídica como en su composición, su regulación interna, etc. Un mínimo de información política alcanza para comprender que “Barcelona en Comú” y “Zaragoza en Común” (por ejemplo) se han constituido como coaliciones de partidos, mientras “Ahora Madrid” se conformó como un “partido instrumental”, figura jurídicamente inexistente que, en la práctica, se traduce en el registro de un nuevo partido, con el acuerdo previo (de carácter privado y por lo tanto legalmente no vinculante) de cesar en su vida orgánica inmediatamente después de la convocatoria electoral para la que fue creado.

Y si vamos al detalle municipal, podremos comprobar que el panorama descrito en el cuadro anterior presenta una diversidad rayana en lo incomprensible para el votante medio: ciudades en las que IU y Podemos han participado en plenitud en una única convergencia, otras en las que cada una ha montado su “propia” convergencia, otras en las que IU ha concurrido con su propia marca y Podemos con una “marca blanca” claramente identificable, algunos casos en los que Podemos ha presentado dos candidaturas supuestamente vinculadas a distintas corrientes internas, otros en las que una corriente de IU se integró en una “convergencia” mientras que la otra se presentó por separado y con su propia marca, etc.

Este maremágnum de siglas, nombres y formas jurídicas dificulta enormemente la evaluación de los resultados y, sobre todo, el establecimiento de alguna lógica que permita interpretarlos y extraer conclusiones operativas de cara a las inminentes elecciones generales.

Es indispensable, por lo tanto, definir con claridad qué se está entendiendo por “unidad popular” porque, con el panorama actual, el término resulta tan ambiguo y polimórfico que corre el riesgo de transformarse en otro “significante vacío” (Laclau dixit), de ésos que tanto gustan a los estrategas de Podemos.

A ese respecto, entiendo que caben al menos cuatro formatos alternativos posibles:

  1. La coalición de partidos bajo un único nombre común. En este modelo cada organización conserva su marca e identidad propias, pero acuerda concurrir conjuntamente con las demás a una determinada convocatoria electoral. Es el modelo adoptado con éxito por “Barcelona en Comú” o “Zaragoza en Común”, entre otros ejemplos. Modelo frecuentemente denostado por los dirigentes de Podemos como “sopa de siglas”, pero al que se han plegado gustosamente en los casos mencionados. Por más que he estado sumamente atento a su discurso, aún no he logrado comprender qué ven de malo en eso de la “sopa de siglas”: supongo que forma parte del “anti-partidismo” que fue una de las señas de identidad del 15M, cuya herencia Podemos pretende reivindicar para sí.
  2. La creación de una nueva organización que aglutine a varias otras preexistentes, que acuerdan disolverse para integrarse en la nueva entidad. En este caso, se supone que los militantes se integran a título estrictamente individual y acuerdan prescindir de sus respectivas marcas electorales, al menos coyunturalmente. Es el modelo formalmente adoptado para la creación de “Ahora Madrid”, aunque en su funcionamiento real dicha prescindencia de las marcas originales e integración a título individual sólo se dio a medias y de manera bastante asimétrica, puesto que Podemos intentó abiertamente rentabilizar su participación en “Ahora Madrid” de cara a las elecciones autonómicas.

Una digresión marginal, pero no carente de importancia: la oposición de Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid (IU-CM) a integrarse en lo que terminó por denominarse “Ahora Madrid” se fundaba en su discrepancia con este formato, no con la idea de la convergencia en su totalidad, como erróneamente se ha dado a entender con frecuencia por parte de diversos medios de comunicación e incluso por algunos dirigentes federales de IU. Es posible que IU-CM se haya precipitado un tanto en ese rechazo, puesto que en los hechos las pautas de funcionamiento finalmente implantadas en “Ahora Madrid” hubieran permitido solventar algunas de las objeciones que lo sustentaban, pero sigo pensando que había motivos fundados y sólidos para no plegarse a ese proyecto, y continúo albergando serias dudas sobre la viabilidad y efectividad del Gobierno local a que ha dado origen, aunque no dispongo de espacio para explicar más extensamente las razones que me llevan a ello.

  1. La absorción de varias organizaciones preexistentes en una de ellas, que se considera particularmente exitosa y, por lo tanto, capaz de afrontar con mayores posibilidades la convocatoria electoral de que se trate. Es lo que parece propugnar Podemos: absorber el mayor número posible de militantes y cuadros de las organizaciones preexistentes de la “izquierda real”, a título individual y previa renuncia a su afiliación anterior, hasta vaciarlas completamente y forzar su disolución. Naturalmente, este modelo es difícilmente susceptible de alcanzarse por consenso, y tiende a generar fuertes resistencias en las organizaciones destinadas al desguace.
  2. Lo que en los documentos emanados de las IX y X Asambleas Federales de IU se dio en denominar “Bloque Social y Político”, un concepto que parece superado por el paso del tiempo pero que, en los hechos, nunca se ha intentado con suficiente ahínco, por lo que su supuesto fracaso resulta indemostrable. Podría definirse como una hibridación entre los modelos 1 y 2: una coalición electoral que, a la vez que integra a diversas organizaciones políticas preexistentes que no renuncian a su marca e identidad propias, también posibilita la inclusión de personas provenientes de los movimientos sociales o simplemente simpatizantes de la coalición en sí, sin necesidad de que formen parte de ningún partido político en concreto.

En los hechos, éste fue (y sigue siendo) el modelo organizativo adoptado para la creación del Frente Amplio uruguayo, como explico detalladamente en mi artículo precedente ya mencionado. Modelo cuya validez sigo reivindicando, no sólo (ni tanto) por su demostrado éxito político y electoral, sino por su pertinencia ética y corrección política, de la que aún estoy totalmente convencido 44 años después de su nacimiento.

Aunque quizá no lo hayan explicitado con tanta claridad, entiendo también que éste es el modelo propugnado por Izquierda Abierta en su propuesta de “Frente Amplio” (de hecho la denominación no es casual, y la propia organización proponente reconoce su inspiración en el ejemplo uruguayo). En definitiva, una nuevo denominación (aunque de nueva no tiene nada) para un concepto acuñado y desarrollado por IU desde hace al menos 6 años, pero que hasta ahora no hemos sido capaces de llevar a la práctica.

Después de todo lo comentado, resulta evidente que personalmente me inclino por este último modelo, bajo ciertas condiciones que considero irrenunciables:

  • Que los partidos participantes no renuncien a su identidad y mantengan su organización y su vida interna
  • Que la dirección de la coalición sea coparticipada por todos los partidos integrantes
  • Y cuente además con una adecuada representación de las bases organizadas (llámense asambleas, comités o de cualquier otra forma)
  • Que se admita la posibilidad de militar en la coalición como tal, sin necesidad de una identificación partidaria concreta
  • Que la denominación adoptada sea completamente diferente e independiente de las de las organizaciones fundacionales
  • Que el cabeza de cartel (o candidato al principal cargo ejecutivo, en este caso la Presidencia del Gobierno) sea igualmente fruto de un consenso entre todas las organizaciones integrantes, y en lo posible no esté connotado por su pertenencia o vinculación explícita a ninguna de ellas en particular.
  • Y, por supuesto, que se estructure en torno a un programa de gobierno con propuestas concretas y tangibles, consensuado entre todas las partes (una especie de máximo común denominador) y susceptible de traducirse en un listado relativamente breve de acciones básicas.

Por supuesto, estas condiciones no resuelven por sí solas todas las enormes dificultades que plantea un acuerdo de esta naturaleza: quedan cuestiones tan complejas como las cuotas internas de poder y, consiguientemente, el método de conformación de las candidaturas, que la legislación electoral española no contribuye precisamente a facilitar, sino todo lo contrario.

En este sentido, las elecciones primarias (aunque no sean precisamente santo de mi especial devoción) pueden constituir un elemento objetivo al que acogerse para salvar algunos escollos (siempre que se logre garantizar su imparcialidad y limpieza, problema de momento no superado en las experiencias conocidas, al menos en este país). Pero lo fundamental es la voluntad política de llegar a acuerdos, que es lo que de momento veo más borroso.

5.Pero con Podemos no se puede

Entre tanto, la dirección federal de Izquierda Unida (o al menos una parte mayoritaria de la misma) lleva ya un tiempo considerable discurriendo insistentemente sobre la expresión “unidad popular”, sin llegar nunca a definirla con suficiente precisión. Y, aún sin haberla definido, ha puesto en marcha acciones muy concretas para su realización, algunas de las cuales entran en abierta contradicción con las escasas pinceladas que se han ofrecido sobre el contenido de tal expresión: por una parte, se preconiza un proceso “de abajo a arriba” o “desde la base”, y por otro las únicas acciones conocidas hasta ahora han sido reuniones entre las cúpulas de las organizaciones llamadas a participar en el acuerdo. Reuniones que han acabado con resultados perfectamente previsibles: amplia disposición y apertura por parte de las entidades más débiles (caso Equo) y negativa rotunda de Podemos, que no acepta otro método de unificación que la absorción de todo lo existente, como era de esperar y ya he señalado anteriormente.

Los dirigentes de Podemos no están dispuestos a renunciar a una marca que consideran exitosa y que, en cualquier caso, han creado sin duda con esfuerzo y entrega personal, lo que me parece humanamente comprensible, aunque no lo comparta. Eso era sabido desde un principio (no es ni mucho menos la primera vez que la dirección de IU llama a sus puertas sin que éstas den la menor señal de querer abrirse), por lo que creo que a estas alturas ya nos podríamos ahorrar la imagen de humillación que esa inútil insistencia genera ante los electores y la opinión pública, imagen gozosamente ventilada por los medios, como también era previsible.

Así pues, habrá que asumir que la “unidad popular” o como se le quiera llamar tendrá que construirse sin Podemos, al menos de cara a las próximas elecciones generales. Los resultados dirán luego hasta qué punto se dan las condiciones para el establecimiento de determinados acuerdos postelectorales, si proceden. Se trataría, por lo tanto, de una “unidad” menos “unida” de lo que sería deseable, pero peor es nada, y más vale asumirlo de una vez y cuanto antes, que seguir paralizados llamando a unas puertas que siguen cerradas a cal y canto (salvo a quienes pidan su ingreso de forma individual y previa renuncia a su militancia anterior).

Y concentrarnos en definir con precisión la naturaleza del proyecto en sí: sus principales ejes programáticos, su estructura jurídica, su forma organizativa… y por supuesto sus integrantes y sus respectivas cuotas de participación o, al menos, el método que utilizaremos para determinarlas.

Todo esto parece difícil de acordar y consolidar en los escasos meses que faltan hasta las elecciones generales, por lo que quizá haya que asumir de una vez que es posible que “el momento no sea ahora”, como vengo señalando insistentemente desde mi primer artículo, y que es mejor ir despacio pero seguros de lo que queremos construir que actuar con precipitación y construir un edificio insuficientemente cimentado y que se venga abajo con el primer viento del invierno electoral.

Entiendo que se pueda vivir como un deber ineludible el intentarlo, pero deberíamos guardarnos en la recámara un “plan B” por si no lo logramos a tiempo y hay que salir a la intemperie a batirnos el cobre otra vez en solitario.

Y una última acotación: parece poco creíble un proceso de “unidad” cimentado en la división interna, y no otra cosa es la expulsión de facto de los 4.800 afiliados de Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid: está todavía por ver cuántos de ellos querrán reengancharse en la nueva estructura que se pretende crear desde la dirección federal (un proceso no precisamente “desde abajo”), cuántos y cuáles de ellos serán admitidos en el nuevo paraíso de la “unidad popular” y, sobre todo, a qué cosa en concreto deberían reengancharse. Sin que esto implique concordar plenamente con lo actuado por la dirección de IU-CM durante los últimos meses, y particularmente a partir de las frustradas (y frustrantes) elecciones primarias del pasado 30 de noviembre. La autocrítica constante sigue siendo un método de trabajo esencial para cualquier organización que se reivindique marxista.

Fuente: Nueva Tribuna